23 julio 2005

Continuidad

Otros tres coches bomba (dicen, por ahora) han explotado en El Cairo y han matado a más de ochenta personas, entre turistas y habitantes de la ciudad. La policía de Londres no explica por qué disparó contra el hombre que murió ayer en una estación de metro y si es cierto que lo remataron en el suelo sin, aparentemente, motivos para hacerlo. Algunos imanes lanzan mensajes de aliento a los musulmanes para que continuen los ataques…
Tal vez en 1937 o 1938 la gente vivía en psicosis similar, quién sabe, pocos habrá ya para recordar, pero tiene uno la sensación de asistir al desmoronamiento de algo, la decadencia de todo un mundo, similar a aquello que Spengler, sesgadamente, preconizaba en el siglo pasado. Parece como si Occidente hubiese exprimido del todo su poder, su influencia, y estuviese comprendiendo, de una manera dolorosísima, que no quedan más que unas gotas por extraer. Tal vez las terneras de Damien Hirst no sean simples actuaciones aprovechadas y repugnantes, sino la muestra de todo lo podrido y falso que la civilización, tal y como la entendemos, ha devenido.
Quizás nuestras ideas deberían empezar a cambiar, a adaptarse a una situación que, por nueva, nos parece amenazadora, pero que deberíamos tratar de aceptar y hacer entender, por todos los medios, a esa clase elitista que, alejada de todo lo mundano, gobierna el mundo (sin distinción de fronteras o países) para provecho propio. El movimiento antiglobalización es un primer movimiento de peón en esta partida que acaba de empezar y que, actualmente, los de abajo perdemos.

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