07 junio 2005

Terrorismo Ecológico

El vecino de enfrente ha instalado un aparato de aire acondicionado. Como es lógico, hace uso de él, aunque no sólo cuando aprieta el calor, sino a todas horas. Si corre una agradable brisa, el buen hombre tiene cerradas sus ventanas a cal y canto para que ni un soplo de aire gélido, proporcionado por una máquina que enturbia y vicia la atmósfera, escape de su hogar.
En esto, como en muchas otras cosas, demostramos que apenas hemos salido de las cavernas. El uso indiscriminado de ciertos utensilios es perjudicial para el medio ambiente (automóviles, aires acondicionados, insecticidas, etc.), pero nosotros insistimos en su utilización incorrecta. La falta de concienciación, que no es otra cosa que falta de educación, supone el deterioro de nuestro entorno y la destrucción del medio ambiente; algo que no es sólo peligroso, sino inmoral, porque, aunque sea caer en un lugar común, este mundo es el legado que habremos de dejar a nuestros descendientes.
Sin embargo, no somos conscientes del daño que causamos con acciones, la mayoría de las veces, tan insignificantes, que podríamos evitar con un mínimo esfuerzo. Nuestra educación y, sobre todo, nuestro sentido común deberían dictarnos unos hábitos ecológicos y saludables, pero el modo de vida que nos imponen algunos nos impulsa a hacer un gasto indebido, por excesivo, de los recursos que tenemos a nuestra disposición.
Sin llegar a extremos tipo Walden, propugnemos la adopción de maneras de vivir más acordes con la naturaleza, que es, al fin y al cabo, quien nos otorga todo. Los protocolos de Kioto no son responsabilidad de los gobernantes, sino de todos y cada uno, puesto que podemos aportar nuestros granos de arena.

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