15 junio 2005

Dignidad

Mientras los bancos y las cajas de ahorro se enriquecen, nuestros sueldos descienden o, en el mejor casos, se mantienen en la mísera estabilidad en la que están enquistados desde hace años.
Por supuesto, nos ponen delante una Constitución Europea y, como los buenos borregos que somos (y siempre hemos sido), votamos , aunque para igualarnos con el resto de miembros de la UE faltan años, ganas y un enorme cambio cultural.
Entretanto, por poner un ejemplo, en la empresa de uno, que factura millones de euros al mes y que se expande geográficamente a un ritmo aterrador, los sueldos se han congelado en torno a los 750 euros, con subidas anuales acordes con el IPC, esto es, un 2 o 3%. Teniendo en cuenta los precios de los alquileres o las hipotecas, los de la comida, el transporte o el resto de servicios (no hablamos siquiera de ocio), sólo hay que imaginarse cómo anda el nivel de vida.
Y hay que protestar, desde luego, pero no porque vivamos mal (que algunos, por desgracia, sí), sino porque hay que conseguir mejoras, porque la economía del país crece gracias al esfuerzo conjunto de muchas personas que permiten enriquecerse desaforadamente a otras pocas. Hablamos de sueldos medios decentes, de ayudas y de subvenciones, de protecciones laborales y de condiciones de trabajo dignas.
En pleno siglo XXI, eso no debería ser mucho pedir.

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