19 mayo 2005

Delincuencia juvenil

Descubro esta mañana, leyendo el periódico por encima del hombro de la persona que se sienta frente a mí en el autobús, que la delincuencia crece entre los menores a un ritmo alarmante.
Como diría mi abuela, aquí lo que hacen falta son unas buenas bofetadas.
Aunque ojalá todo fuese así de sencillo. Claro que, teniendo en cuenta que los padres se preocupan más por el tamaño de su coche que por la educación de sus hijos, no es de extrañar que los niños se conviertan en matones apenas cumplen los 12 años. Acostumbrados a tenerlo todo (en este nuestro ilusorio "estado del bienestar"), es casi previsible que busquen en sus comportamientos una salida radical al hastío de sus vidas, repletas de bienes tangibles, pero llenas de poca cosa. Una especie de Generación Z, después de la X y de la Y, aunque, como siempre, dotamos de siglas y señas de identidad a unos grupos que, por no ser, no son ni grupos, ni ostentan características comunes: los adolescentes de este año serán diferentes de los de hace cinco, o de los de dentro de diez, pero nada los convertirá en una generación con perfiles definidos, porque esa estrechez de criterios no conduce a nada.
Pero la tesis de las bofetadas no estaría de más.

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